Aquí no ha llegado la onda de las subprime ni se ha sentido el temblor del desplome. En San Miguel de Aguayo todo discurre a otro ritmo, ajeno a los lamentos del resto. La crisis que penetra en los hogares es mucho más llevadera, si el tuyo es un Ayuntamiento que está forrado.
Todos saben de su fama. «No es para tanto», tienen que responder allá donde van. «Nos dicen que somos ricos, que lo de aquí no pasa en ningún sitio, que no puede ser verdad…». Y es que un millón y pico de euros es miseria en ciudades como Santander -donde los presupuestos del Ayuntamiento rozan los 200 millones-, pero es una fortuna en este rincón campurriano donde viven 156 personas. Las matemáticas convierten a este municipio en el que más dinero dispone por habitante de toda Cantabria: 7.548 euros en 2009 (en Santander poco más de 1.000 euros), y calculan que aún habrá un poco más este año.
La crisis ha secado la principal fuente de ingresos del común de arcas municipales: el cobro de tributos derivado de la actividad urbanística. Pero aquí nunca hubo tal, y el caudal de su manantial se mantiene. El alquiler de los terrenos del embalse de Alsa a la compañía energética E.on deja al Consistorio medio millón de euros al año. Ese es el maná de San Miguel de Aguayo.
Los vecinos ya están acostumbrados a dejarse querer por el Ayuntamiento. Haya o no posibles en las casas -la mayoría es gente sencilla y trabajadora-, todos tienen derecho a unas vacaciones pagadas a cuenta de las arcas, ese depósito abstracto que también se hace cargo de los regalos de Reyes, que llena de leña las cocinas todos los inviernos, que deja cestas de Navidad en cada vivienda, da becas a los niños, paga profesores particulares y en primavera saca de excursión a los mayores. Así se las gastan en Santa María, Santa Olalla y San Miguel de Aguayo, los tres pueblos del municipio.
Está situado a 900 metros de altitud y los inviernos son crudos. En la cocina de Carmina, de 71 años, arde la leña ‘municipal’ mientras prepara la comida. Su marido, Adrián, de 74, abre la puerta de la casa y comenta que pueden ahorrar porque la calefacción de gasoil «la ponemos sólo por las noches», y encoge los hombros con el asunto de los viajes anuales, «bien, son gratis, se va». «Yo ya ni me acuerdo de todos los sitios a los que fuimos», añade la mujer, «pero la verdad es que vimos mundo». Carmina también da buena cuenta de los autobuses gratuitos que pone el Ayuntamiento todos los lunes para que las señoras vayan al mercadillo de Reinosa y de los taxis que cada jueves recogen a los que necesiten ir al consultorio médico de San Miguel.
A Andorra, Costa Brava, a Lourdes… y el año pasado ocho días a Cádiz para los empadronados a cuenta de la administración local, «en hotel de cuatro estrellas para arriba», puntualiza el alcalde, Alberto Fernández, que aquí gusta lo bueno y aún hay quien pone ‘peros’, «cuanto más les das más quieren, no lo valoran, piensan que es lo normal, una obligación».
Se le ofreció a todos y fue medio centenar; bien avenidos o no, ese es otro cuento.
En casa de Adrián los Reyes municipales han venido generosos, «a mí me han traído un TDT de esos, que no pongo en esta tele que ya lo tiene -señala un plasma-». Hubo uno para todos los hombres mayores de 65 años, «y comprados en el Corte Inglés», agrega el regidor. Para las mujeres, los Reyes pensaron en un estuche de maquillaje, sales de baño y otros básicos femeninos. Y también se dejó caer Papá Noel en persona, cargado de juguetes para los niños más pequeños y libros para los adolescentes.
Chorizo ibérico
Y más cosas. A cada casa, en este caso sin medir la edad, llegó una cesta de Navidad de parte del Ayuntamiento. «¡Huy!, tenía de todo, turrones, cava, orujo, ibéricos… y no me acuerdo cuántas cosas más», cuenta María Isabel, de 62 años, encaramada a unas albarcas a las puertas de su casa, calzado que defiende a ultranza a pesar de sus riesgos: «es lo mejor, aunque te puedes caer. Yo una vez me rompí la tibia por tres sitios y el peroné», aunque mejoró y volvió a las ‘andadas’.
«Bueno, así así», dice María Isabel que se vive en San Miguel de Aguayo, «hay que trabajar mucho con el ganado, a mí me duelen todos los huesos, y nunca estamos libres para salir a otros sitios». A las vacaciones municipales, «a esas sí. Y algún otro día con el marido también». Es consciente del privilegio, «sé que es una suerte que tenemos aquí», pero para sus hijos prefiere otro destino, «no me gustaría que se quedasen aquí a tirar del ganado». Tiene una hija estudiando en Burgos y un hijo que se quedó en paro y ahora vive en casa, «prefiero que vengan de vacaciones», dice.
He ahí el handicap de San Miguel de Aguayo. La población envejece. Casi un tercio supera ya los 65 años y sólo hay 17 menores de edad. Niños pequeños sólo hay tres. Uno de ellos es Hugo, el hijo de Jorge (31 años) y Lidia (27), que a sus tres años es el rey del barrio de Santa María. «Los niños son la alegría, pero ni hay esperanzas de más», se lamentaba Adrián, «porque sólo hay cuatro jóvenes y no se casan, entre ellos éste -señala al alcalde-».
Jorge, el padre de Hugo, es el presidente de la junta vecinal y trabajaba en la fábrica Sidenor, pero lleva un año en paro. En el pueblo cuida del ganado de la familia y procura vivir «como se ha vivido toda la vida, hay que arreglarse con lo que se tiene», y también aprovecha otras ventajas: «el Ayuntamiento nos ayuda a los ganaderos, nos hace los desbroces», cuenta.
Dice que no es un mal sitio para una pareja joven, «que con el coche vas a todas partes», aunque hay quien se queja del «aburrimiento» en un pueblo en el que no hay ni un restaurante, sólo dos ‘teleclubes’, uno en Santa María y otro en el centro cultural de San Miguel, y los «muchos turistas» que dice el alcalde que suben a ver el embalse y disfrutar del paisaje, tienen que irse a otros pueblos a tomar algo.
La lucha: fijar la población
Al alcalde le rondan varias ideas para evitar que la gente joven se marche. El Ayuntamiento compró hace un tiempo un solar en Santa María con la intención de construir ocho viviendas unifamiliares de protección oficial dirigidas a unos cuantos jóvenes que cumplían los requisitos. Pero la crisis llegó, varios de ellos se quedaron en el paro, y el proyecto se pospuso. Ahora se quiere retomar, mientras el Ayuntamiento continúa apoyando a los desempleados dándoles trabajo, con cinco contratos temporales que rotan entre todos. Las familias tienen más ventajas. Aunque no hay colegio, todos los niños -que van a Reinosa en autobús- reciben 100 euros cada principio de curso, el Ayuntamiento les paga una profesora particular todas las tardes, dos por semana tienen clases de inglés, y en verano se les organiza un campamento. Gratis también. «Y estoy pensando incentivar la natalidad dando alguna ayuda», dice.
Los vecinos reciben pero aportan poco. Exactamente 14,40 euros por la recogida de basuras. Y con tal panorama este año se espera un guirigay cuando se enteren de que el Ayuntamiento va a empezar a cobrarles el agua, 49 euros, «porque nos obligan», justifica el alcalde, que no sabe cómo pero asegura que «tengo que devolvérselo».
«¿Crisis?», se pregunta Alberto Fernández, «aquí no se nota, los presupuestos siguen igual». En el pueblo apenas se construye y la palabra ‘licencia’ no tiene sentido. Se cobra lo mínimo «para no trastornar» al bienacostumbrado vecindario. Y es que el Ayuntamiento de San Miguel de Aguayo tiene algo único: «no necesitamos recaudar». Increíble, «pero cierto».
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